La Sonrisa al Pie de la Escala (The Smile at the Foot of the Ladder) es un delicioso cuento de Henry Miller. Yo tengo una edición de primeros de los años ochenta, creo que no hay muchas más en castellano, que se publicó dentro de la colección Todolibro de Bruguera. Una colección de títulos dirigidos a un público mas juvenil que otra cosa, y esto lo comento, porque si una cosa no es La Sonrisa al Pie de la Escala es un cuento para niños. Es un relato muy profundo, complejo a veces y con una alta carga de existencialismo, la colección en la que se editó y su carácter de cuento podrían llevar a confusión, pero es un cuento para adultos desde el mismo prólogo: Una espesa introducción al autor y u obra a cargo de Ana María Moix.

Pero yo tuve la suerte de recibir este libro en mi primera juventud, y pese ser un texto que no me interesaría en ese momento nada en absoluto, más adelante si, agradezco el haberlo conocido entonces, pues las magníficas ilustraciones de Luis Ignacio de Horna, estas si que eran muy indicadas para jóvenes lectores, me marcaron profundamente, estoy convencido que también influyeron en mi estilo de dibujo porque en aquellos años, las ilustraciones de este autor,  me hicieron soñar.

Esta es la magnífica ilustración de la portada.

la sonrisa al pie de la escala

Portada: La sonrisa al pie de la escala

Y esta ilustración del interior es una de mis preferidas de Luis Ignacio, en aquellos años estaba enamorado de esta imagen: Un payaso maquillándose ante el espejo de su camerino. Recuerdo que la dibujé una y otra vez.

La sonrisa al pie de la escala

La sonrisa al pie de la escala

Por último, también quiero añadir la ilustración que realicé, no hace mucho tiempo e inspirándome en los textos de Henry Miller, de una portada ficticia para el libro La Sonrisa al Pie de la Escala (The Smile at the Foot of the Ladder). Si en alguna ocasión alguien, en alguna editorial, se anima a reeditar este clásico de Henry Miller, y el azar le trae hasta aquí, sepa que le invito a utilizar esta imagen para la portada del mismo. Para mí, desde luego, sería todo un honor.

The Smile at the foot of the ladder

Portada para la sonrisa al pie de la escala de Henry miller

Leire Martín ha realizado un 3D de una ilustración mía, la Casa del Alvarado y eso me ha alegrado el día. Gracias Leire!

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La ilustración en 3D en el blog de Leire.

http://leiremartinanimation.blogspot.com.es/2012/12/basado-el-la-ilustracion-de-fran.html

La ilustración original mía en deviantart.

http://franki02.deviantart.com/art/La-Casa-del-Alvarado-14179060

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Esto es un cuento ilustrado, pero no es un cuento ilustrado al uso. En esta ocasión se realiza primero el dibujo, a cargo de un servidor, y posteriormente la ilustración sirve de inspiración para  que el escritor, en este caso Serafín Gimeno, idee este fantástico cuento.

 

El Árbol y el Principito 

El principito vivía en su minúsculo planetoide abatido por la nostalgia, añoraba días felices, allá, en el lejano reino de su padre, donde el sol se ocultaba para nacer de nuevo, donde discurrían ríos cristalinos entre prados verdes, donde las ovejas pastaban y mozas de larguísimas trenzas lavaban la ropa, el cabello inclinado sobre el agua. En su cielo no le faltaba la luz, ésta provenía de enjambres de estrellas que si bien en un principio pareciéronle hermosas, al discurrir de los años adquirieron la fealdad de un culo de luciérnaga, de un parpadeo sucio, de un titilar descompuesto y sincopado. A la falta de estética había que añadir una gran desventaja, las estrellas no podían suplir al sol en su tarea de compartimentar el tiempo, y sin sol que las eclipsara durante el día estaban siempre ahí, colgadas en la inmensidad, tan frías como ojos de gato en la distancia de un camino nocturno que nunca habría de recorrer. Luego estaba la tierra, su planetoide era estéril, no crecía nada en la arrugada superficie. Y el agua, ¿qué decir del agua? El principito tenía un pozo perforado en el centro de su mundo, si pudiera hablarse de algún tipo de centro, pero de él tan sólo podía extraer poco más de un cubo al día. Y así vivía su exilio el principito, entre una creciente melancolía y una sorda desesperación que acrecentaba sus raciones de desconsuelo tras cada segundo, minuto y hora de los cuales se componían la uniformidad de unos días carentes de transcurso definido. Alborada, mediodía, crepúsculo, noche, eran palabras, conceptos, de significados incomprensibles.

Un día, el viento estelar arrastró una semilla hasta el planetoide, depositándola junto a un cráter. El principito la descubrió una mañana o lo que él pensó que era una mañana, pues acababa de levantarse. La recogió del suelo y la sostuvo entre sus manos, su forma oblonga albergaba un tacto delicado, casi de terciopelo. Tenía buen tamaño, sus dimensiones ocupaban la superficie entera de una de sus manos. Poseía un hermoso color caoba que le permitía destacar del suelo grisáceo del planetoide. Por primera vez después de mucho tiempo, el principito sintió la alegría  que proporciona la obtención de un propósito, de un proyecto o plan de vida. Se había fijado una meta y aquello debiera bastar para mantener a la desesperanza alejada por un tiempo de su cabeza. Enterró la semilla en el centro del cráter y a partir de aquel día que quizá fuera noche compartió su agua, tan escasa, con aquella promesa de vida. Tras regar la simiente en lapsos de tiempo calculados como buenamente pudo, se sentaba por tiempo indefinido junto a su cultivo a la espera de un movimiento de tierra, de un levantamiento en la corteza del planetoide que anunciara la germinación de la planta.

En los primeros días o noches no pareció ocurrir nada, y en un momento, de sopetón, durante una de las jornadas en las que el principito se mantenía a la espera, al pie de la siembra, un tallo verde brotó del suelo para levantar en el aire del planetoide una hoja apenas formada. Tras la tímida eclosión, el crecimiento de la planta fue rápido y sostenido; se trataba de un árbol que pronto alcanzó gran porte. Como si la tierra del planetoide, que hasta entonces se había mantenido estéril, hubiera reservado todos sus nutrientes para abastecer al árbol del principito.

Una mañana que tal vez fuera tarde o quizá noche, el principito sacó brillo a su corona, ajustó el símbolo de distinción lo mejor que pudo a su cabeza, se acercó al árbol, ya de considerables proporciones, y acarició su corteza. Tenía un tacto delicado, casi de terciopelo, igual que el envoltorio que en el pasado recubrió el germen de lo que ahora era: un árbol hermoso, de intrincado ramaje verde, lleno de fragancias de clorofila y esencias de maderas nobles. El principito sostuvo un semblante sonriente contra la fronda, sus expectativas se habían cumplido, su propósito, su proyecto o plan de vida se levantaba orgulloso en medio del cráter. Levantó la vista hacia la copa sin separarse del tronco, localizó la rama más robusta, trepó al árbol, ató una cuerda a la rama y unió el otro extremo a su cuello. Saltó al vacío.

El enjambre de estrellas, infinitud de luces como culos de luciérnaga, como ojos de gato al final de un camino nocturno, iluminó el vaivén de sus pies menudos, el baile de sus piernas sobre un cadalso cultivado con la devoción de todos aquellos náufragos que no esperan otra cosa que ser rescatados por su propia mano.

 

FIN

Título del relato:

El Títere Asesino.

Nadia Romanov era la hija menor de un popular y acendado mercader en una pequeña  y apartada región de Polonia.
El padre de Nadia, que por entonces andaba metido en temas de recalificación de terrenos para construir una central nuclear en el lugar, quería que su hija contrajera nupcias con el inútil del hijo del corrupto alcalde de la localidad.
Nadia, ante la obstinación de su padre, una noche mientras todos dormían se escapó de  casa y decidió irse lejos para dedicar su vida a lo que mas le gustaba: El teatro de títeres.
Un día, durante la representación del Rey y El Mendigo, este se reveló y decapító al Rey.
Nadia triste y cariacontecida, se volvió a casa de su padre, se casó con el inútil del hijo del corrupto alcalde de la localidad y vivió infeliz por el resto de sus días…

el_titere_asesino____by_fra

Chita fue una de las estrellas del cine en los años 30 por ser la compañera de Tarzán.
El chimpancé ha muerto a los 79 años en Florida. Aquí una acuarela que dibujé hace unos meses inspirada en la figura de la mona Chita.

D.E.P.