Estas son mis tres últimas acuarelas.

Como siempre moviéndome en un rollo muy propio, yo creo que peco de surrealista unas veces y de pop otras.

En fin, Tres son tres.

Denunciando un poco todo el tema mainstream, el consumo compulsivo, el esto y lo otro… ya sabes.

Subo las tres ilustraciones. Tanto en blanco y negro como la definitiva en color, para que así se haga usted una idea mejor de como es el cambio tras meterle acuarelas a un dibu.

Espero que os guste.

Pescador3

Para ti que consumes.

Alguien voló sobre el tonto del pueblo.

Pescador1

Alguien voló sobre el tonto del pueblo.

Alguien voló sobre el tonto del pueblo.

Pescador2

La soledad del consumidor frustrado.

La soledad del consumidor frustrado

Consumidor 2.

La soledad del consumidor frustrado.

La soledad del consumidor frustrado

Pescador3

Para ti que consumes.

Para ti que consumes

Pescador3

Para ti que consumes.

Para ti que consumes

Bueno. Comienzo otra nueva historieta.
En esta ocasión se trata de La Fábrica. Un cómic de principios de siglo que presenté a distintos concursos: Cornellá, Portugalete… con igual mala suerte o fortuna…
Que originalmente dibujé y coloreé mediante técnicas tradicionales y que tenía una extensión original de 4 páginas pero que aquí reordenaré las viñetas y lo subiré en 6 jpgs consecutivos.
Es un cómic urbanita, pesimista, que trata de forma irónica un poco todo el tema de la contaminación, la explotación laboral, la manipulación social a la que nos vemos sometidos diariamente… Todos estos elementos son los que, de una forma u otra, mas me interesa reivindicar en los cómics.
Por eso también podemos entender que este cómic es un poco el precursor de lo que después sería El Cielo Está Enladrillado, mi cómic más largo, más coral, y que si no lo conoces ya estás tardando porque lo puedes leer también AQUÍ.

La fábrica 1 de 6

La fábrica 1 de 6

La fábrica 2 de 6

La fábrica 1 de 6La fábrica 2 de 6

La fábrica 3 de 6

La fábrica 3 de 6

La fábrica 4 de 6

La fábrica 4 de 6

La fábrica 5 de 6

La fábrica 5 de 6

La fábrica 6 de 6

La fábrica 6 de 6

 

Leire Martín ha realizado un 3D de una ilustración mía, la Casa del Alvarado y eso me ha alegrado el día. Gracias Leire!

PARA VER MAS DIBUS MIOS VISITA MI FACEBOOK ES ES SIGUIENTE

PARA VER MAS DIBUS MIOS VISITA MI PÁGINA DE FACEBOOK ES LA SIGUIENTE 

La ilustración en 3D en el blog de Leire.

http://leiremartinanimation.blogspot.com.es/2012/12/basado-el-la-ilustracion-de-fran.html

La ilustración original mía en deviantart.

http://franki02.deviantart.com/art/La-Casa-del-Alvarado-14179060

PARA VER MAS DIBUS MIOS VISITA MI PÁGINA DE FACEBOOK ES LA SIGUIENTE

Esto es un cuento ilustrado, pero no es un cuento ilustrado al uso. En esta ocasión se realiza primero el dibujo, a cargo de un servidor, y posteriormente la ilustración sirve de inspiración para  que el escritor, en este caso Serafín Gimeno, idee este fantástico cuento.

 

El Árbol y el Principito 

El principito vivía en su minúsculo planetoide abatido por la nostalgia, añoraba días felices, allá, en el lejano reino de su padre, donde el sol se ocultaba para nacer de nuevo, donde discurrían ríos cristalinos entre prados verdes, donde las ovejas pastaban y mozas de larguísimas trenzas lavaban la ropa, el cabello inclinado sobre el agua. En su cielo no le faltaba la luz, ésta provenía de enjambres de estrellas que si bien en un principio pareciéronle hermosas, al discurrir de los años adquirieron la fealdad de un culo de luciérnaga, de un parpadeo sucio, de un titilar descompuesto y sincopado. A la falta de estética había que añadir una gran desventaja, las estrellas no podían suplir al sol en su tarea de compartimentar el tiempo, y sin sol que las eclipsara durante el día estaban siempre ahí, colgadas en la inmensidad, tan frías como ojos de gato en la distancia de un camino nocturno que nunca habría de recorrer. Luego estaba la tierra, su planetoide era estéril, no crecía nada en la arrugada superficie. Y el agua, ¿qué decir del agua? El principito tenía un pozo perforado en el centro de su mundo, si pudiera hablarse de algún tipo de centro, pero de él tan sólo podía extraer poco más de un cubo al día. Y así vivía su exilio el principito, entre una creciente melancolía y una sorda desesperación que acrecentaba sus raciones de desconsuelo tras cada segundo, minuto y hora de los cuales se componían la uniformidad de unos días carentes de transcurso definido. Alborada, mediodía, crepúsculo, noche, eran palabras, conceptos, de significados incomprensibles.

Un día, el viento estelar arrastró una semilla hasta el planetoide, depositándola junto a un cráter. El principito la descubrió una mañana o lo que él pensó que era una mañana, pues acababa de levantarse. La recogió del suelo y la sostuvo entre sus manos, su forma oblonga albergaba un tacto delicado, casi de terciopelo. Tenía buen tamaño, sus dimensiones ocupaban la superficie entera de una de sus manos. Poseía un hermoso color caoba que le permitía destacar del suelo grisáceo del planetoide. Por primera vez después de mucho tiempo, el principito sintió la alegría  que proporciona la obtención de un propósito, de un proyecto o plan de vida. Se había fijado una meta y aquello debiera bastar para mantener a la desesperanza alejada por un tiempo de su cabeza. Enterró la semilla en el centro del cráter y a partir de aquel día que quizá fuera noche compartió su agua, tan escasa, con aquella promesa de vida. Tras regar la simiente en lapsos de tiempo calculados como buenamente pudo, se sentaba por tiempo indefinido junto a su cultivo a la espera de un movimiento de tierra, de un levantamiento en la corteza del planetoide que anunciara la germinación de la planta.

En los primeros días o noches no pareció ocurrir nada, y en un momento, de sopetón, durante una de las jornadas en las que el principito se mantenía a la espera, al pie de la siembra, un tallo verde brotó del suelo para levantar en el aire del planetoide una hoja apenas formada. Tras la tímida eclosión, el crecimiento de la planta fue rápido y sostenido; se trataba de un árbol que pronto alcanzó gran porte. Como si la tierra del planetoide, que hasta entonces se había mantenido estéril, hubiera reservado todos sus nutrientes para abastecer al árbol del principito.

Una mañana que tal vez fuera tarde o quizá noche, el principito sacó brillo a su corona, ajustó el símbolo de distinción lo mejor que pudo a su cabeza, se acercó al árbol, ya de considerables proporciones, y acarició su corteza. Tenía un tacto delicado, casi de terciopelo, igual que el envoltorio que en el pasado recubrió el germen de lo que ahora era: un árbol hermoso, de intrincado ramaje verde, lleno de fragancias de clorofila y esencias de maderas nobles. El principito sostuvo un semblante sonriente contra la fronda, sus expectativas se habían cumplido, su propósito, su proyecto o plan de vida se levantaba orgulloso en medio del cráter. Levantó la vista hacia la copa sin separarse del tronco, localizó la rama más robusta, trepó al árbol, ató una cuerda a la rama y unió el otro extremo a su cuello. Saltó al vacío.

El enjambre de estrellas, infinitud de luces como culos de luciérnaga, como ojos de gato al final de un camino nocturno, iluminó el vaivén de sus pies menudos, el baile de sus piernas sobre un cadalso cultivado con la devoción de todos aquellos náufragos que no esperan otra cosa que ser rescatados por su propia mano.

 

FIN

stats